sábado, 31 de diciembre de 2016

MEDITACIÓN

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MEDITACIÓN
No. 570 Busca la dicha
Autor: Susan Polis Shutz
Enero 2

Busca la dicha en la naturaleza
en lo bello de una montaña
en lo sereno del mar

Busca la dicha en la amistad
en el gozo de hacer cosas juntos
en el compartir y comprender

Busca la dicha en tu familia
en la estabilidad de saber
que a alguien le importas
en la fuerza del amor y la sinceridad

Busca la dicha en ti mismo
en tu mente y tu cuerpo
en tus valores y tus logros

Busca la dicha en todo cuanto hagas.

MEDITACIÓN
No. 571  EL MUNDO NECESITA..
Enero 2

El mundo necesita

El mundo necesita hombres que no puedan ser comprados; hombres cuya palabra sea su garantía.

El mundo necesita hombres que no hagan compromisos con el mal, cuyas ambiciones no estén confinadas a sus deseos egoístas.

El mundo necesita hombres que sean tan honestos en las cosas pequeñas como en las grandes; hombres que no se avergüencen ni tengan temor de defender la verdad, aunque sea impopular.

El mundo necesita hombres que sean leales a sus amigos, tanto en la adversidad como en la prosperidad.

El mundo necesita hombres que no vacilen en aprovechar las oportunidades para servir a los demás, aún a sacrificio propio.

El mundo necesita hombres que coloquen el carácter por encima de la riqueza; hombres que posean opiniones sanas y buena voluntad.

El mundo necesita hombres que no pierdan su individualidad en medio de la multitud; hombres que no digan que ellos lo hacen "porque todos los demás lo hacen".

El mundo necesita hombres que no crean que la astucia, el disimulo y la terquedad son las mejores cualidades para lograr el éxito.

El mundo necesita hombres que confían en Dios y que viven en paz con su prójimo.

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MEDITACIÓN

No. 572  Calor en el corazón



MEDITACIÓN
No. 572  Calor en el corazón
Autor: Scott Gross
Enero 3

Era una mañana de intenso frío en Denver. El tiempo, imprevisible. 

Primero, una ola más cálida dio a la nieve oportunidad de fundirse y correr, para desaparecer en las bocas de tormenta o escurrirse en silencio junto a las aceras, a través de los patios y bajo los cercos, hasta completar su desaparición en las zonas bajas. Después volvió el frío, multiplicado, trayendo una nueva capa de blanca precipitación que congeló cuanto  restaba del previo ataque invernal, y lo escondió hasta convertirlo en una trampa helada para los transeúntes.

Era un día ideal para quedarse en casa, estar resfriado y esperar que mamá nos trajera un tazón de sopa. Para escuchar las noticias en la radio e imaginarse bloqueado por la nieve sin demasiados inconvenientes. Así habría debido ser.

Yo tenia que hablar en el Centro de Congresos de Denver, ante unas doscientas personas que, como yo, habrían querido estar en casa. En cambio estábamos allí, reunidos en el Centro de Congresos, sin poder hacer nada por el clima salvo hablar de él.

Necesitaba una pila para mi micrófono portátil. Mal momento para caer en la pereza: no había traído repuesto. Como no tenia alternativa, decidí afrontar al viento, con la cabeza baja, levantando el cuello y chapaleando con mis zapatos de vestir, demasiado delgados.

A la vuelta de la esquina descubrí un anuncio indicando que a corta distancia había un quiosco. Si apuraba el paso a trancos más largos, tal vez habría podido llegar hasta la puerta y refugiarme del viento sin inhalar mucho ese aire que quemaba los pulmones. A los habitantes de Denver les gusta bromear con los de afuera diciéndoles que, en su ciudad, el frió del invierno es agradable.

En el interior del almacén había solo dos personas; una detrás del mostrador, con un distintivo que decía Roberta. A juzgar por su aspecto, ésta habría preferido estar en su casa, llevando a su hijito sopa caliente y palabras reconfortantes, en vez de malgastar el día atendiendo una avanzada comercial en el centro de Denver, casi desierto.

Debía ser una especie de faro, un refugio para los pocos necios que se arriesgaban a salir con ese frío.

El otro refugiado era un caballero alto, ya entrado en años, que parecía cómodo en ese ambiente. No aparentaba tener prisa por volver a cruzar el umbral y encontrarse de nuevo a merced del viento en esas aceras cubiertas de hielo. No pude menos que preguntarme si el anciano habría perdido el camino o el seso.

Había que estar chiflado para salir a revolver la mercadería de un supermercado un día como ese. 

Pero no tenia tiempo para ocuparme de un viejo que había perdido el juicio.

Necesitaba una batería: dos centenares de personas importantes, que tenían otras cosas que hacer en la vida, esperaban mi regreso al Centro de Convenciones. Nosotros teníamos un propósito.

De alguna manera el viejo se las arregló para llegar al mostrador antes que yo. Roberta sonrió. Él no dijo una palabra. Ella tomó los escasos artículos de la compra e ingresó los importes en la registradora. El viejo se había arrastrado por las calles de Denver por un miserable panecillo y una banana
¡Craso error!

Un hombre en sus cabales habría postergado el panecillo y la banana hasta la primavera, para disfrutar la ocasión de vagar por las calles vueltas a la normalidad. Pero ese tipo no. Él había lanzado su viejo esqueleto al frío como si no hubiera un mañana.

Y tal vez no había un mañana. Después de todo era bastante anciano.

Cuando Roberta hubo calculado el total, una vieja mano cansada se hundió en el bolsillo del gabán.
- Vamos- pensé- ¡Tú tendrás todo el día, pero yo tengo que hacer!.
Como un garfio, la mano rescató un monedero tan vetusto como su dueño. 
Unas pocas monedas y un billete arrugado cayeron sobre el mostrador. Roberta  lo manejó como si se tratara de un tesoro.

Ya depositada la escasa compra en una bolsa de plástico, sucedió algo extraordinario. Aunque su dueño no había dicho palabra, una vieja mano cansada se alargó lentamente sobre el mostrador, tembló por un momento antes de aquietarse.

Roberta abrió las asas de plástico de la bolsa y las deslizó suavemente por las muñecas del hombre. Los dedos pendían en el aire, torcidos y moteados con manchas de la vejez.

Roberta ensanchó su sonrisa. Recogió la otra mano fatigada y las sostuvo a ambas junto a su cara morena. Las calentó. Por encima y por debajo. Luego, por ambos lados.

Después alargó la mano para tironear de la bufanda, que se estaba descolgando de los hombros anchos, aunque encorvados, y la ciñó al cuello.

Él seguía sin pronunciar palabra. Parecía querer grabar ese momento en su memoria. Tenia que durarle hasta la mañana siguiente, en que volvería arrastrar los pies por la calle helada.

Roberta abrochó un botón que había eludido las maniobras de esa manos viejas. Luego lo miró a los ojos, y sacudiendo un delgado índice, fingió un regaño:

- Bueno, señor Johnson, quiero que tenga mucho cuidado. Hizo una breve pausa para mayor énfasis y añadió con sinceridad: - Necesito verlo mañana aquí.

Las últimas palabras resonaron como una orden en los oídos del anciano.

Después de una breve duda, giró sobre sus talones y, arrastrando a duras penas un pie delante del otro, salió lentamente a la helada mañana de Denver.

Entonces me di cuenta de que no había venido en busca de una banana y un panecillo, sino de calor. Para el corazón.

- Vaya Roberta- dije-. Eso sí que es atender bien al cliente. ¿Era tu tío, tu vecino, alguien especial?
Casi la ofendió que yo pensara que ella sólo era capaz de brindar tan maravilloso servicio a personas especiales. Por lo visto, para Roberta todo el mundo es especial.

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 MEDITACIÓN

No. 573 SE NECESITA VALOR

Enero  4

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 MEDITACIÓN

No. 573  SE NECESITA VALOR

Enero 4

Para huir de los chismes, cuando los demás se deleitan en ellos.
Para defender a una persona ausente a quien se crítica abusivamente.

Para ser verdaderamente hombre o mujer aferrándose a nuestros ideales, cuando esto nos hace parecer extraños o singulares.

Para guardar silencio, en ocasiones que una palabra nos limpiaría del mal que se dice de nosotros pero perjudicaría a otra persona.

Para vestirnos según nuestros ingresos y negarnos lo que no podemos comprar.

Para vivir según nuestras convicciones.

Para ser lo que somos y no pretender ser lo que no somos.

Para decir rotundamente y dignamente no, cuando los que nos rodean dicen sí.

Para vivir honradamente dentro de nuestros recursos y no deshonradamente a expensas de otros.

Para ver en las ruinas de un desastre que nos mortifique y humille, los elementos de un éxito futuro.

Para negarnos a hacer una cosa que es mala aunque otros lo hagan.
Para pasar las veladas en casa, tratando de aprender.
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